Los años pueden producir en quien los evoca angustia ante la pérdida de aquel objeto amado.
Pero el rastro detrás nuestro es placer impalpable y recobrado de haber llegado dónde estamos.
Si se es joven la niñez se nos presenta como jardín vedado, que las sombras de la distancia cubren con significado desolado. Si se es viejo un último golpe de sol ciega esas plantas con formas esféricas que tienen personajes fantásticos y secretas vidas...
Recuerdo el Jardín de la casa de mi Abuelo.
Allí, una vez sentí un rumor intenso salir de la copa del arbusto que él podaba para darle forma circular, como si fuera una gran lámpara eléctrica.
Esta voz me susurró este misterio:
"Entre el nacimiento y la fase prenatal existe un momento no un instante sino una instancia, un devenir, en el que el ser naciente contempla, como en un relámpago, la forma de su propia luz extendida y el resto en sombras. Ese resplandor se inserta en el fondo de la memoria."
¿Tendré la posibilidad de repetir este encuentro? ¿De volver a sentir la presencia de este ser mágico?
Esperé tal portentoso suceso, como un hecho milagroso, como un secreto desconocido. Pensaba que, seguramente primero ocurriría un golpe, como una visión. Y que luego esta experiencia imaginaria sería la luz entre las sombras, la que alumbraría mi vida. Pero la voz cesó su sutil discurso y nunca más volvió a hablar. En la serie del tiempo, el sueño me brindó esa posibilidad.
Muchos años después, cuando ya había desaparecido el arbusto, el jardín y la persona que lo cuidaba, soñé lo siguiente:
Sobre el paisaje nevado de una montaña sagrada, un hombre (yo, mismo, envejecido, con el pelo canoso y plateado de mi abuelo) escalaba en pos de un punto distante en la montaña. Yo ascendía lentamente, pero perseguía mi deseo, con últimos esfuerzos. Atrapaba la cima con la vista, pero antes, percibía en lo hondo de mi ser que ese punto ya no me pertenecía y era inaccesible. Varias veces en la vida había acometido esta empresa, y varias veces había desistido. Al final me había dado cuenta que un ascenso tan fragmentado y por tramos, sería infinito. Ahora sentía que mi tiempo vital era escaso, y en ese punto también veía que tenía mi última oportunidad de tocar la cima con mis propias manos. Con voz desfalleciente me decía:
Desfiladero de sensaciones, bordeo el precipicio, atraído por planear y no consigo sino fijar la vista petrificada, en el vacío. Es mi hora crucial. Debo salir del vértigo para caminar nuevamente en el sendero, la contemplación.
Entonces volví a oír la siseante voz que me hablo en su lenguaje susurrado, como una lluvia en los oídos:
"Cuando el mundo te sumerge en su abismo, debes saber que no eres parte y que puedes llevarte contigo la aventura sin necesidad de perder la vida en el pozo. El amor cristalino y verdadero refulge en el corazón de la montaña, como dentro de una madre, dispuesta a verter sus lágrimas de lava por ti, de ser necesario. La cumbre se adentra en tus marcha sempiterna. Mira como la montaña te arrulla y te deposita en su seno, cálidas nieves.
Desde aquí puedes ver como la nieve ya no cubre la cumbre. Es un pedazo de roca desnuda y rala. Desde aquí puedes ver la vegetación que cubre lentamente las piedras, altares improvisados.
Como si la montaña quisiera despertarte del sueño que te posee, un hechizo de tiempo que está por acabar, aquí está tu regalo, esta pequeña y silvestre flor naranja que crece solitaria en la cima."
Tus rincones
Hace 11 años

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